Noto sus penetrantes ojos recorriendo mi espalda de arriba a abajo, y le escucho suspirar y removerse cómodamente en su trono. Y, a su lado, la reina cuya mirada inquisitiva tengo clavada en mi nuca y puedo oír sus pensamientos, deseando que me expulsen la primera del tablero.
Comienza el juego. Ellos empiezan, y yo miro a mi alrededor para ver cuál de nosotros es el primero en salir. La partida avanza y soy de las últimas en moverme. Pocos de los que son como yo, quedamos dentro del tablero. Tengo vagas oportunidades de comerme (o que me coma) uno de los míos. Así que, como siempre, toca aspirar alto...
Pero tras un largo rato, es momento de dejarse llevar. Me siento como lo que soy: un peón. Una marioneta en manos de aquellos que quieren jugar.
Me mantengo alejada de los alfiles, quienes se han ido a por los más débiles. Y los caballos, con su "L", tienen gustos muy complejos. Me intrigan las torres y sus ideas fijas, fieles al dicho "quien la sigue, la consigue". Y el rey, tan aburrido como siempre, acaba dejándose hacer.
Voy a terminar este juego esperando que sea a mi a quien le den Jaque Mate.
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