lunes, 15 de junio de 2015

Alergia a las nubes

Hace un día bastante gris. De esos que no iluminan una estancia a pesar de tener las ventanas abiertas de par en par. De los que la nimia luz que desprenden te obliga a permanecer tumbada en la cama. Esos días en los que no hay apenas diferencia entre abrir los ojos y no abrirlos.
Me mantengo acostada esperando que se filtre algún rayo de sol que me anime a salir del cuarto; pero pasa el tiempo y el rayo no llega. Y me digo a mi misma que quizás sea buena idea ir en busca de ese haz que me saque de esta penumbra. Pero creo que tengo alergia a los días así, a los días sin luces ni colores, empañados por las nubes que encapotan el cielo.
"Pero, tras las nubes, hay un cielo azul esperándome ahí fuera" -me digo en voz muy baja, como si fuera un secreto.
Los ojos se me empañan. Soy consciente de mi realidad, pero esta maldita alergia no me deja tranquila, y me escondo bajo las sábanas esperando que se pase.
"Si sales, la alergia se irá" -me prometo pensando que lo que me digo es verdad, pero sin tener la certeza de que lo sea.
Y, por fin, hay algo que me impulsa: y decido salir de la cama y levantar las persianas y correr las cortinas para que la poca luz que haya se cuele por las ventanas porque, a pesar de ese cielo que ahora se ve gris, siempre aguarda detrás un precioso azul celeste.

Porque la cura para mi alergia a las nubes es buscar ese cielo despejado.


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