A cada uno le dolió a su manera, pero ambos sufrieron con aquello.
Fue una larga despedida, mirándose a los ojos. Habiéndose dicho todo lo que tenían que decirse. Con un abrazo, un último beso en los labios y queriéndose como si aquello no estuviera ocurriendo.
Pero lo estaba haciendo.
Las lágrimas saltaron de sus ojos al cerrarlos. Giró la cabeza para que no pudiera verla. Él sintió lástima por todo aquello. Inclinó la cabeza hacia atrás queriendo que el nudo que se había formado en su garganta desapareciera. La escuchaba llorar... No era la primera vez; aunque habían sido pocas las veces que lo había hecho delante de él sabía que a escondidas había sucedido a menudo.
Volvió su cabeza y miró hacia la solitaria calle a través de la ventanilla del coche. Por allí apenas pasaba gente. No era tarde, pero cada vez anochecía antes.
Ella abrió la puerta y salió sin decir nada; la dejó entreabierta -como solía hacer al despedirse de él- y le dirigió una última mirada, pero éste lo hacía en dirección contraria. Sintió como el corazón se le rompía en mil pedazos mientras buscaba sus ojos esperando encontrarlos... Sus ojos jamás volvieron a encontrarse.
Cerró la puerta del coche y giró sobre sus pies con la cabeza agachada mientras densas lágrimas caían sobre la acera de la calle. Él volvió la cabeza y la miró desde el interior del coche con los ojos vidriosos, aunque sin llorar... Esperó a ver cómo se marchaba de aquel lugar que habían hecho suyo durante tanto tiempo y que no volverían a pisar.
Ella caminó lentamente en su dirección. Él arrancó el coche y dio media vuelta hacia la suya.
Ambos se dieron la espalda rumbo a la fría realidad.
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