viernes, 12 de diciembre de 2014

El Muro

Érase una vez una pequeña ciudad en la que construyeron un gigantesco muro de color blanco. Los habitantes de la ciudad se preguntaban cada día desde hacía mucho tiempo, desde que empezaron a construirlo, para qué era aquel muro tan enorme, pero nadie sabía contestar, y poco a poco fueron viendo como iba creciendo ante sus ojos una gran pared de un blanco inmaculado de 500 metros de alto...como mínimo.
Delante del muro había una especie de corredores de piedra, igualmente blanca, que abarcaban de un extremo lateral al otro y por donde parecía que podía pasar una persona.
Llegó el día en el que los ciudadanos por fin vieron la obra acabada: un muro tan alto que parecía llegar al cielo y tan blanco como las nubes que había en él. Ese día, el alcalde de la pequeña ciudad anunció que ese muro serviría para que todos los ciudadanos pudieran escribir en él.
"¿Escribir qué?", preguntó extrañado un hombre.
El alcalde le respondió que en el muro no se debía escribir cualquier cosa, sino que había sido construido con el fin de que todos allí escribieran sus frustraciones, pero no solo eso, sino todo aquello que no les dejara dormir por las noches, que les pesara en sus cabezas, cosas que no les hacían sentirse ni bien, ni felices.
El alcalde fue el primero en escribir y cuando terminó todos los demás le imitaron: cogieron, de unas cajas de cartón, un rotulador de color negro cada uno y se fueron al muro para empezar a escribir. A los lados del muro también habían construido escaleras para subir a cada uno de los corredores anexionados a él, y muy rápidamente el muro estaba plagado de todos los vecinos de la ciudad, cargados con un rotulador negro para dejar allí todo lo que les hacía sentir mal y les perturbaba.
Poco a poco, el día fue pasando y la gente se fue yendo a sus casas cuando el sol comenzó a ponerse y, al llegar la noche, todo estaba tan oscuro que los pocos que aún seguían allí se vieron obligados a marcharse porque no podían continuar escribiendo. 
Los ciudadanos se fueron contentos a sus casas, más libres y felices al dejar todas sus cargas allí, pero algunos seguían teniendo cosas en su interior, así que tenían pensado volver al día siguiente para escribir lo que les quedaba.
Pero cuando llegó el día siguiente y aquellos ciudadanos se pusieron delante del muro se quedaron perplejos al ver que el muro, antes de un blanco impoluto, ahora se había tornado de un color negro demasiado intenso.
Ya no podían escribir en el muro pues no había quedado ni un minúsculo hueco de color blanco en el que cupiese una letra, y no querían escribir sobre lo que otros habían puesto, además de que el negro sobre el negro...
...
Los 500 metros de pared blanca se habían convertido de un día para otro en 500 metros de negro abismo. 


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