sábado, 4 de octubre de 2014

Es un momento

-¿Por qué hoy? ¿Por qué justamente hoy? -dijo con voz susurrante mirando al profundo vacío de los ojos a quien le devolvía la mirada-. Llevas años observándome, lo sé. Pero hoy tenía que ser el día... No es justo.

-Nada en esta vida lo es-.

Tosió una última vez antes de que su cabeza cayera al suelo, le quedaba poco tiempo y quería seguir consciente hasta el último minuto que le quedara de vida. Cerró los ojos dejando ir su alma lentamente, pero los abrió al notar que quien estaba a su lado se agachaba para estar más cerca de él. Asqueado, movió su cabeza, pues no quería contemplar la mirada oscura de quien se postraba junto a él; sin embargo, como si de dos imanes se tratara, volvió los ojos hacia la sombra que estaba a su lado y miró los suyos. Era extraño, pues donde antes había oscuridad, ahora veía su reflejo, mirándole desde unas pequeñas ventanas que se habían construido en el rostro de la misma Muerte, y ahora se devolvía la mirada con arrogancia.

-¿Qué has hecho? -le preguntó desconcertado-. ¿Por qué me haces esto? Me queda poco tiempo y aquí me encuentro, tirado en el suelo, mirándote a la cara y viéndome en ella como un ser desagradecido y altanero. ¿Crees que merezco esto?

-Eres tú, que recibes ahora, a punto de morir, lo que diste durante toda tu vida. Este es el momento de verte a ti mismo, tal y como fuiste -le contestó la Muerte sin apartar su oscuro rostro y sus cristalinos ojos del moribundo.

-Jamás fui así. Me duele mirarte. No me reconozco en ese que muestras.

-Porque jamás te viste, porque fuiste humano. Pero ahora no lo eres. Ya no. Y podrás verte; verás como has sido durante toda tu vida, y ese será tu castigo por toda la eternidad.

Perplejo, luchaba consigo mismo: por un lado, no quería mirar más a la Muerte a los ojos porque ver la crueldad de sus actos le oprimía el pecho y le hacía sufrir, y por otro, sabía que si se abandonaba, allá a donde fuera se vería igualmente y el dolor y el sufrimiento causados a todos aquellos a los que había conocido en vida, volverían para atormentarlo en la muerte.

-¡Sálvame! -gritó con un último aliento de esperanza-. ¿Cómo puedo no sufrir?

-No puedes -la Muerte se le aproximó hasta estar completamente sobre él, hasta tener los ojos frente a los del hombre que, atemorizado, comenzó a gritar de dolor-. Debiste salvarte mientras estabas vivo.

Y los gritos cesaron cuando la Muerte se abandonó encima del cuerpo inerte que había en el suelo, y se llevó consigo el alma de aquel hombre, que aprendió tarde que la vida es un momento del que hay que disfrutar respetando a los demás.

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